Siempre digo que soy muy ordenada para eso (sólo en eso, con el resto soy un desastre en modo pro), me gusta el café y la leche, pero mi paladar no entiende la mezcla de ambos en la misma taza.

Millones de veces quise borrar de mi mente aquel último café de termo, amargo, ya frío y más sólo que nunca. Con el tiempo, otras tantas millones de veces imaginé como me hubiese gustado repetirlo. A fin de cuentas, (según mi instinto justiciero) merecía acomodar mi Milla Verde o simplemente ya me sentía preparada para tenerla y/o me la debía a mi misma. Ahora cegada con el sol que me da directamente en los ojos, se me han pasado las ganas de tomar café en presuntos oasis urbanos.

No frecuento cafeterías aunque me gusta el ambiente y ver a la gente tomando café mientras se explican novedades o agradables cotidianidades. También me hace gracia ver como mi jefe se toma cada día su café frío, nunca lo entenderé.

Compartir un café con charla es muy interesante, pero en realidad me gusta tomarlo en mi casa, exactamente sola en la cocina o delante de mi ordenador divagando en ocasiones entre algún post in-publicable que me regalo. Me relaja no tener conversación, enfrascada en mis pensamientos o en mis cosas.

Y esta vez me quedo con esas #miscosas o esas palabras que sin buscarlas llegan de la nada, resonando con eco como un asaz sermón pronunciado y no aprendido.

“Nunca llegó a cerrar la puerta, siempre la mantuvo entornada.” Me explicaba en su momento D. todavía con el desgarro del disparo que atravesó su pecho. La sangre de la decepción tiene otro color, otro olor, otro sabor. La conozco bien… Ninguno de los dos habló de intentar operar, sabíamos que cicatrizaría sin más, sin remover. Quizás el tiempo disuelva la metralla que se quedó dentro de su cuerpo.

Mientras me acabo el café en mi silencio, pienso en todas las puertas que dejé abiertas de par en par, en las entornadas, en las que cerré y las que me cerraron en las narices haciéndome sangrar decepción a borbotones.

Las puertas abiertas que dejamos es culpa o gracias a los dos, sin duda. Pienso que es algo consensuado sin palabras, que en cualquier momento puede volver a ocurrir, que te despides con un apasionado beso sabiendo que habrán más antes o después.

Las puertas entornadas son las más peligrosas, te puedes pillar los dedos en cualquier momento. Quien deja la puerta entornada es porque ha escuchado los susurros, esos que indican que habrán más momentos en un tiempo indefinido, abstracto, o porque una misma la ha querido dejar así, negándose a aceptar una realidad. Esta vez besamos tímidamente en los labios, esperanzados, sin saber si era “quizás” el último.

Las puertas cerradas, son las más seguras. Tras esa puerta dejamos el pasado para empezar una nueva vida, mejor siempre, un camino por descubrir más interesante que lo que había en la antigua ruta que para eso decidimos abandonar. En la mayoría de ocasiones, nunca sabemos que ya dimos el último beso.

Las puertas golpeadoras de narices… desestabiliza justo cuando acabas de recibir el golpe y mientras te curas la herida sangrante, no entiendes que corriente de aire lo ocasionó, pero son las que más enseñan y las que más agradeces haber recibido con el tiempo. Puestos a cerrar una etapa de irrealidades, me quedo con esta #sinlugaradudas Tras la hostia, en lo último que piensas es en besar!

Y dejando la taza vacía en la encimera, giro la cabeza a la izquierda y veo la puerta de entrada a casa. Tiene mis llaves colgando, me acerco a ella y compruebo que tiene dos vueltas dada la cerradura, está bien cerrada… Me costó, pero lo aprendí.

Vuelvo a la cocina, miro de frente a mi amada cafetera: ¿Y si me hago otro? Venga va… un café, solamente.

Te deseo que pases un buen día!!!

 Gracias por este link #yatusabeh!

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