Te tengo que dejar un libro que me han pasado, me dice mi amiga Lola.

Tendría que haber hecho caso al instinto cuando la tarde del 3 de Enero de 2014, picó a mi puerta.

Le dejé pasar y le invité a sentarse a mi lado en el sofá, estaba enojado y me hablaba de manera despectiva, traía de la mano a mis principios que cabizbajos me miraban aterrorizados por haberme abandonado tan sólo un par de meses atrás.

El instinto me razonaba, me argumentaba, hacía aspavientos, me intentaba abrir los ojos, se levantaba y caminaba rápido por el salón de un sitio a otro, volvía a sentarse. Sí, consiguió que le escuchara ese día.

– Sinceramente… tienes razón -le decía yo mientras miraba la hora, estaba al llegar.

Tenía suficiente sermón, ya había entendido el mensaje, pero con mis reservas.

Vi como mis principios comenzaron a construir de nuevo el muro que me protegía y les hice parar.

– Primero tengo que hablar con él, más tarde ya os ayudo a hacerlo igual de alto que estaba. – Se encogieron de hombros y se acomodaron en el sofá de nuevo, a mi lado.

– Te equivocas -me amenazó el instinto. – Antes empieces, antes terminas, mejor ahora que más tarde. Protégete ya! No dejes de quererte!

Le acompañé a la salida amablemente agradeciendo su visita y prometiendo hacerle caso y así lo hice.

No disponía de mucho tiempo para prepararme el discurso y cuando le tuve delante, me bloqueé al ver su verde mirada cuando llegó para pasar conmigo un viernes clandestino más, estaba interrogante, sabía que algo no iba bien.

Yo miraba a mis principios de reojo que asentían con la cabeza a modo de empujón.

Todo fue rápido, parca en palabras, un abrazo y un torpe adiós.

Lo hice tan mal como supe, tan mal que cuando volví a sentarme al sofá para procesar lo que había pasado, ya estaba arrepentida.

Me maldije por tener el instinto atrofiado, mis principios inseguros y mis finales automáticos.

Volví con él por el corazón, no por la cabeza, pidiendo perdón por pensar que fue una decisión mal tomada, enterrando mi dicha, con ganas de volver a creer en lo increíble.

Justo al año, como cualquier “otra” más, las cosas seguían igual, mi instinto ya no estaba enfadado, ni mis principios temerosos, simplemente desaparecieron, vivía en la oscura inercia.

Tan sólo un balance vitae me hizo poner las gafas de ver, que no de mirar y darme cuenta que ya no compensaba lo que me aportaba con lo que sufría en aquella amarga y eterna sombra.

¿Todo o nada? Nada, y para mi fue todo.

Me dio la libertad de recuperar mi esencia, mi vida, de volver a respetarme y quererme, de tener mi control y protegerme de nuevo, para volver a disfrutar de cualquier momento, con cualquier persona, con o sin amor.

Mientras fui la otra no me relajé nunca, sólo le añoraba en cualquier actividad, reunión o evento, sólo lo imaginaba a mi lado, compartiendo simplemente.

Cuando eres la otra, pasas la Navidad con tu familia y la silla de al lado no la ocupa él, ni puedes cogerte de su mano comiendo las uvas en Nochevieja, ni puedes ver como sopla las velas de su pastel de cumpleaños con los suyos, ni puedes veranear con él, ni mucho menos, despertar cada día a su lado.

Cuando eres la otra, simplemente… eres la otra, pero no entiendes el significado completo de esta palabra hasta que te cansas de esperar y dejas de serlo.

PD: No Lola, no me lo pases, no me lo voy a leer. Creo que tengo suficiente viviéndolo en primera persona, no me apetece recordar lo equivocada que estado tanto tiempo ahora que vuelvo a brillar con luz propia!!!

😉

 

 

 

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